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Sargazo en República Dominicana: la amenaza climática que impulsa nuevas oportunidades de economía circular

Ariel Ozoria by Ariel Ozoria
junio 21, 2026
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Del deterioro de playas y ecosistemas a la creación de fertilizantes, energía limpia y nuevos modelos de negocio, la llegada masiva de sargazo está transformando silenciosamente la relación entre ambiente, turismo y desarrollo económico en República Dominicana.

Durante años, el sargazo fue percibido únicamente como un problema ambiental asociado a playas cubiertas de algas y pérdidas para el turismo. Sin embargo, detrás de esa imagen existe una realidad mucho más compleja. La expansión de las arribazones de sargazo ha comenzado a impactar ecosistemas marinos, comunidades costeras, salud pública, actividades pesqueras y presupuestos municipales. Al mismo tiempo, investigadores, agricultores y emprendedores dominicanos desarrollan soluciones que buscan transformar esta biomasa en fertilizantes, energía limpia y nuevos productos de valor agregado. Este reportaje examina el fenómeno desde una perspectiva integral y analiza si República Dominicana está en condiciones de convertir una amenaza climática creciente en una oportunidad de economía circular.

Brigadas de limpieza retiran sargazo al amanecer en una playa del este de República Dominicana. Lo que durante años fue un fenómeno ocasional se ha convertido en un desafío recurrente para las comunidades costeras, el turismo y la gestión ambiental del país.

La marea que cambió las playas

Todavía no amanece por completo cuando las primeras máquinas aparecen sobre la arena.

La escena se repite con frecuencia en distintos puntos de la costa este dominicana. Mientras los huéspedes continúan dormidos en habitaciones con vista al mar y los restaurantes preparan los desayunos del día, brigadas de trabajadores recorren las playas y retiran toneladas de una masa marrón que llegó durante la noche.

Desde cierta distancia parece una simple acumulación de algas.

De cerca, la historia cambia.

El olor se vuelve más intenso. La arena pierde parte de su color habitual. El paisaje que millones de turistas asocian con el Caribe comienza a mostrar una cara menos conocida.

Durante décadas, República Dominicana construyó buena parte de su prestigio turístico sobre una imagen reconocible en cualquier lugar del mundo: playas limpias, aguas transparentes y un entorno natural privilegiado. Esa imagen continúa siendo una de las principales fortalezas del país. Sin embargo, en los últimos años ha tenido que convivir con un fenómeno que se ha vuelto cada vez más frecuente y difícil de ignorar.

El turismo aporta más del 16 % del PIB y cerca del 18 % del empleo formal en República Dominicana.

El sargazo.

Lo que inicialmente fue considerado un evento ocasional terminó convertido en un desafío recurrente para comunidades costeras, hoteles, autoridades ambientales y sectores productivos enteros.

Y la razón es sencilla.

El problema ya no es la presencia del sargazo.

El problema es la escala.

A medida que las arribazones aumentan en intensidad y frecuencia, las preguntas también cambian. Ya no se trata únicamente de cómo limpiar las playas o reducir los daños inmediatos. La discusión comienza a desplazarse hacia cuestiones más profundas relacionadas con el cambio climático, la adaptación económica y la capacidad del país para responder a fenómenos ambientales que podrían acompañarlo durante décadas.

Porque detrás de cada montaña de sargazo existe una historia mucho más amplia.

Una historia sobre ecosistemas.

Sobre empleos.

Sobre innovación.

Y sobre el futuro.

 El fenómeno que dejó de ser excepcional

El sargazo forma parte de la naturaleza del océano Atlántico desde hace siglos.

No nació como un problema.

En condiciones normales cumple funciones ecológicas importantes. Diversas especies de peces, crustáceos y tortugas utilizan estas algas como refugio, alimento y espacio de reproducción.

El punto de quiebre aparece cuando las cantidades dejan de ser normales.

Durante la última década, investigadores de distintas partes del mundo comenzaron a registrar la formación de enormes concentraciones de sargazo en una franja conocida como Gran Cinturón de Sargazo del Atlántico. Esta extensa masa de algas se desarrolla entre las costas de África Occidental y América del Sur, impulsada por una combinación de factores ambientales que incluyen el aumento de nutrientes provenientes de grandes cuencas hidrográficas y el incremento de la temperatura superficial del mar.

A partir de ahí, las corrientes oceánicas hacen el resto.

Las algas recorren miles de kilómetros hasta alcanzar las Antillas y el mar Caribe.

República Dominicana se encuentra precisamente en esa trayectoria.

No es casualidad.

Es geografía.

Y también es clima.

La edición 2025 de Econoclima, publicada por el Banco Central, identifica el fenómeno como una preocupación creciente no solo desde la perspectiva ambiental, sino también económica y social.

Detrás de los mapas oceánicos y de las imágenes satelitales se esconde una realidad contundente: el Caribe enfrenta una nueva vulnerabilidad asociada a la interacción entre océanos más cálidos, cambios climáticos y dinámicas ambientales cada vez más complejas.

Lo que antes parecía extraordinario empieza a convertirse en parte de la normalidad.

Y esa normalidad obliga a replantear muchas cosas.

La gestión de las costas.

La planificación turística.

La protección de los ecosistemas.

Incluso los modelos de desarrollo.

Cuando el mar expulsa su exceso

Los efectos del sargazo comienzan mucho antes de que las algas lleguen a la arena.

La atención mediática suele concentrarse en las playas porque son visibles. Las fotografías circulan rápidamente. Los turistas las comparten. Los hoteles reaccionan.

Sin embargo, la verdadera dimensión del problema se desarrolla bajo la superficie.

Los arrecifes coralinos, los pastos marinos y otros ecosistemas costeros experimentan alteraciones cuando grandes cantidades de biomasa se acumulan y comienzan a descomponerse. La reducción de oxígeno en determinadas áreas, los cambios en la calidad del agua y la presión adicional sobre ecosistemas ya afectados por el calentamiento global generan una cadena de impactos que se extiende mucho más allá de la línea costera.

Los pescadores suelen percibir estos cambios antes que nadie.

Las rutas tradicionales se modifican.

La presencia de determinadas especies disminuye.

Algunas zonas dejan de comportarse como lo hacían años atrás.

La literatura recopilada por Econoclima señala que la pesca artesanal puede verse afectada por la alteración de los ecosistemas marinos y la obstrucción de rutas costeras asociadas a las arribazones masivas.

Lo que ocurre en el mar termina llegando a tierra.

Siempre.

Y cuando eso sucede, las consecuencias dejan de ser exclusivamente ambientales.

Empiezan a ser sociales y económicas.

 El olor de la crisis

Hay algo que las fotografías nunca consiguen transmitir.

El olor.

Las imágenes muestran playas cubiertas por extensas franjas marrones. Los videos captan la llegada de las algas empujadas por las corrientes. Los drones registran la magnitud del fenómeno desde el aire. Sin embargo, ninguna cámara logra capturar la experiencia de quien convive durante días con una masa de sargazo en descomposición frente a su casa, su negocio o su lugar de trabajo.

Cuando las algas permanecen acumuladas sobre la costa, el proceso natural de descomposición libera gases como el sulfuro de hidrógeno, asociado a molestias respiratorias, irritación y deterioro de la calidad ambiental de las zonas afectadas. Investigaciones recopiladas por Econoclima señalan que estos gases pueden afectar tanto la salud humana como la vida marina cuando las concentraciones de biomasa alcanzan niveles elevados.

Detrás de esa descripción técnica existe una realidad mucho más tangible.

Trabajadores que pasan horas retirando algas bajo el sol.

Residentes que deben convivir con olores persistentes.

Pequeños negocios que observan cómo disminuye el flujo de visitantes cuando la playa pierde atractivo.

La percepción social del fenómeno también ha cambiado. Un estudio citado por Econoclima encontró que buena parte de la población identifica el sargazo principalmente como una amenaza ambiental y sanitaria antes que como una oportunidad económica. El nivel de preocupación resulta especialmente alto entre residentes de zonas turísticas y pescadores.

No sorprende.

La experiencia cotidiana suele moldear las percepciones mucho más rápido que cualquier informe técnico.

Quien depende del mar para vivir entiende la diferencia entre un fenómeno ocasional y un problema recurrente.

Y el sargazo ya pertenece a esta segunda categoría.

Lo que comenzó como una preocupación ambiental terminó entrando en conversaciones familiares, reuniones comunitarias y decisiones empresariales.

En muchos puntos del Caribe la pregunta dejó de ser cuándo desaparecerá.

La pregunta es cómo convivir con él.

 El costo de proteger el paraíso

República Dominicana construyó una parte importante de su economía mirando hacia el mar.

Las playas no son únicamente espacios recreativos.

Son activos económicos.

Generan empleo.

Atraen inversión.

Movilizan cadenas de valor completas que incluyen hoteles, restaurantes, transporte, comercio y servicios.

Por esa razón, cada arribazón masiva de sargazo tiene un impacto que va mucho más allá de la arena.

La industria turística se encuentra en la primera línea de esta batalla.

Según datos citados por Econoclima, el turismo representó aproximadamente el 16.1 % del producto interno bruto y el 17.6 % del empleo formal durante 2024. En una economía con semejante dependencia del sector, cualquier amenaza que afecte la experiencia del visitante adquiere una dimensión nacional.

El costo de retirar sargazo de las playas se ha convertido en una de las cargas económicas menos visibles para el sector turístico. Según estimaciones citadas por ASONAHORES, mantener limpio un solo kilómetro de playa puede requerir entre US$800,000 y US$1.5 millones al año, dependiendo de la intensidad de las arribazones, la frecuencia de limpieza y los recursos utilizados.

La factura es considerable.

ASONAHORES estima que la limpieza de un solo kilómetro de playa puede costar entre 800 mil y 1.5 millones de dólares anuales, dependiendo de la frecuencia de los eventos, la extensión del daño y los equipos utilizados.

Detrás de esa cifra se esconde una realidad que pocas veces aparece en las campañas promocionales.

Cada metro de playa limpia requiere combustible.

Mano de obra.

Equipos.

Logística.

Transporte.

Disposición de residuos.

Supervisión ambiental.

La imagen paradisíaca que sostiene gran parte de la actividad turística nacional tiene un costo creciente.

Y alguien debe asumirlo.

Los hoteles destinan recursos extraordinarios.

Los municipios costeros reorganizan presupuestos.

Las autoridades ambientales movilizan personal.

Los contribuyentes terminan absorbiendo una parte de esa carga.

Al mismo tiempo, la pesca artesanal enfrenta dificultades adicionales debido a la alteración de ecosistemas y rutas costeras tradicionales. Lo que ocurre en el mar repercute directamente sobre comunidades cuya economía depende de actividades vinculadas al litoral.

No es una crisis aislada.

Es una cadena de efectos que atraviesa distintos sectores.

Por eso el debate sobre el sargazo dejó de ser exclusivamente ambiental.

Hoy también es económico.

Más allá de la playa

Durante años, la conversación giró alrededor de una sola idea.

Retirar el sargazo.

Recogerlo.

Transportarlo.

Eliminarlo.

La lógica parecía evidente.

Si el problema es el sargazo, la solución consiste en sacarlo de la playa.

Pero algunos investigadores, productores agrícolas y emprendedores comenzaron a formular una pregunta diferente.

¿Y si el verdadero error era considerar el sargazo únicamente como un residuo?

Ese cambio de perspectiva marca uno de los capítulos más interesantes de esta historia.

Mientras hoteles y municipios destinaban recursos a la limpieza, distintos proyectos comenzaron a explorar las posibilidades productivas de la biomasa marina.

Entre ellos destaca la experiencia desarrollada por BANELINO, la Asociación de Bananos Ecológicos de la Línea Noroeste.

Desde 2024, la organización participa en iniciativas orientadas a transformar el sargazo en bioles fertilizantes destinados a la producción agrícola. El objetivo no consiste únicamente en aprovechar un recurso disponible. También busca fortalecer los suelos, mejorar el follaje de los cultivos y aumentar la capacidad de defensa frente a enfermedades y plagas.

La experiencia ha producido resultados alentadores.

Investigaciones desarrolladas junto al INTEC identificaron niveles adecuados de macronutrientes esenciales, reducción significativa de metales pesados y resultados agronómicos comparables a los obtenidos mediante biofertilizantes convencionales.

Más aún.

Los datos recopilados muestran mejoras en vigor de plantas, número de hojas activas y peso de los racimos, lo que sugiere que el sargazo podría contribuir a reducir la dependencia de fertilizantes químicos importados.

Aquí la narrativa cambia.

De forma radical.

El sargazo deja de ser únicamente una amenaza para convertirse en una materia prima.

Donde muchos ven desechos, otros ven energía

Las posibilidades del sargazo no terminan en la agricultura.

Existe otra línea de investigación igualmente prometedora.

La energía.

Un estudio desarrollado por la Universidad APEC propone utilizar sargazo y residuos orgánicos como biomasa para la producción de biogás mediante procesos de digestión anaeróbica. La iniciativa reúne a investigadores, empresas privadas, actores turísticos y especialistas internacionales alrededor de una idea sencilla en apariencia, pero ambiciosa en alcance: convertir residuos en energía limpia.

El proyecto contempla una planta piloto capaz de producir un megavatio de electricidad y más de un megavatio de energía térmica. La propuesta integra sargazo, residuos alimentarios, estiércol y otros materiales orgánicos dentro de un mismo sistema de valorización.

Lo relevante aquí no es únicamente la tecnología.

Es el concepto.

La misma biomasa que hoy genera costos de limpieza podría formar parte de una cadena productiva orientada a generar energía, compost agrícola y nuevas actividades económicas.

La experiencia desarrollada en Punta Cana con participación de Grupo Puntacana, AlgeaNova y UNAPEC busca precisamente demostrar esa posibilidad. Los resultados servirían como base para modelos replicables en otras zonas del Caribe.

Lo que antes terminaba en vertederos podría terminar alimentando sistemas productivos.

Esa diferencia cambia por completo la ecuación económica.

La nueva economía del sargazo

Las transformaciones más profundas suelen comenzar cuando alguien descubre valor donde otros solo ven desperdicio.

Eso parece estar ocurriendo con el sargazo.

SOS Carbon y SOS Biotech representan uno de los ejemplos más visibles de esta nueva mirada empresarial. Las compañías desarrollaron tecnologías para recolectar sargazo antes de que alcance la costa, evitando parte del proceso de descomposición que genera impactos ambientales y costos adicionales.

La operación ocurre mar adentro.

No en la playa.

Ese detalle resulta fundamental.

Recoger el sargazo antes de que llegue a la costa permite conservar mejores condiciones para su aprovechamiento posterior.

Los números muestran la magnitud del reto.

Según datos compartidos por la empresa, una sola embarcación puede recolectar hasta diez toneladas por hora. En temporadas intensas, la zona de Punta Cana podría enfrentar volúmenes superiores a las 750 mil toneladas.

Sin embargo, la innovación no termina en la recolección.

A partir de esa biomasa se desarrollan biofertilizantes, bioestimulantes y sustratos destinados a distintos usos agrícolas. Parte de estos productos ya se exporta a más de diez países.

La idea de una economía circular deja de ser un concepto académico.

Se convierte en una actividad empresarial concreta.

Y quizá ahí resida una de las oportunidades más relevantes para República Dominicana.

No limitarse a gestionar una crisis.

Construir nuevas cadenas de valor alrededor de ella.

¿Puede nacer una industria nacional del sargazo?

Las oportunidades existen.

La pregunta es si serán suficientes.

Después de años observando el fenómeno desde una perspectiva defensiva, República Dominicana comienza a acumular experiencias que apuntan hacia una gestión más productiva del sargazo. Agricultura, energía, investigación aplicada y emprendimiento conforman un ecosistema emergente que todavía se encuentra en fase de construcción.

La respuesta dominicana al sargazo ha pasado de la contención costera a proyectos de biogás, agricultura e innovación circular.

Pero construir una industria es mucho más complejo que desarrollar proyectos exitosos.

La diferencia es enorme.

Un piloto puede funcionar en una universidad.

Una planta experimental puede demostrar viabilidad técnica.

Una empresa puede exportar productos innovadores.

Sin embargo, transformar esas experiencias aisladas en una cadena productiva nacional requiere resolver desafíos mucho más amplios.

Financiamiento.

Logística.

Regulación.

Investigación científica.

Infraestructura.

Mercados.

Coordinación institucional.

El propio Banco Central reconoce que la respuesta nacional al fenómeno necesita integrar monitoreo, prevención, recolección, disposición final y aprovechamiento económico dentro de una misma estrategia. En esa dirección, el país ha comenzado a desarrollar planes de contingencia y mecanismos de coordinación entre el Estado, el sector privado y la comunidad científica.

La investigación aparece como una pieza central.

Y no únicamente por razones ambientales.

Cada tonelada de sargazo contiene una mezcla compleja de componentes biológicos y minerales que puede variar según el lugar de origen, las condiciones del océano y el tiempo de exposición. Lo que funciona para producir fertilizantes puede no ser necesariamente la mejor opción para generar energía. Lo que resulta útil para una industria podría carecer de rentabilidad en otra.

La ciencia todavía está construyendo respuestas.

Y esa realidad obliga a mantener cierta prudencia.

Porque alrededor del sargazo también existe el riesgo de las promesas exageradas.

A lo largo del Caribe han surgido proyectos que anunciaron soluciones definitivas y terminaron enfrentando dificultades técnicas, económicas o regulatorias. La experiencia internacional demuestra que convertir biomasa marina en una industria sostenible requiere mucho más que entusiasmo.

Requiere escala.

Requiere continuidad.

Requiere inversión.

También exige algo menos visible.

Paciencia.

La historia económica dominicana ofrece ejemplos de sectores que tardaron décadas en consolidarse. El turismo, hoy considerado una de las principales locomotoras económicas del país, no nació de la noche a la mañana. Detrás de su crecimiento hubo planificación, inversión pública, participación privada, infraestructura y una visión de largo plazo.

El sargazo podría recorrer un camino similar.

No como reemplazo de otras actividades productivas.

Como complemento.

Como una nueva frontera de innovación.

La pregunta es si República Dominicana decidirá liderar ese proceso o limitarse a reaccionar cada vez que las algas vuelvan a cubrir sus costas.

Algunas señales sugieren que el país está comenzando a moverse en la dirección correcta.

Los proyectos agrícolas desarrollados por BANELINO e INTEC muestran resultados prometedores.

Las iniciativas empresariales impulsadas por SOS Carbon y SOS Biotech demuestran que existe potencial comercial.

Las investigaciones de UNAPEC revelan posibilidades concretas en materia energética.

Los planes nacionales incorporan cada vez más componentes relacionados con innovación y aprovechamiento productivo.

Nada de esto garantiza el éxito.

Pero indica que la conversación ha comenzado a cambiar.

Y eso ya representa un avance.

El futuro se decide ahora

La playa vuelve a aparecer.

Como al principio.

Todavía es temprano.

Las brigadas continúan trabajando sobre la arena mientras el mar deposita nuevas acumulaciones de sargazo frente a la costa. Los tractores avanzan lentamente. Los trabajadores repiten tareas que se han convertido en parte de la rutina. A pocos metros, algunos turistas observan el paisaje sin conocer la dimensión completa del fenómeno que tienen delante.

Podrían pensar que se trata simplemente de algas.

No lo es.

El sargazo se ha convertido en una de las expresiones más visibles de los desafíos climáticos que enfrenta el Caribe durante el siglo XXI.

Habla de océanos más cálidos.

Habla de ecosistemas bajo presión.

Habla de economías que dependen profundamente de recursos naturales vulnerables.

Habla de adaptación.

Sobre todo, habla de adaptación.

República Dominicana enfrenta hoy una realidad que probablemente acompañará al país durante las próximas décadas. Las investigaciones disponibles sugieren que las arribazones continuarán formando parte del paisaje regional. No existe evidencia que permita pensar en una desaparición inmediata del fenómeno.

Por esa razón, la discusión más relevante ya no gira alrededor de cómo evitar que llegue.

Las iniciativas dominicanas analizadas muestran que el aprovechamiento del sargazo se concentra en agricultura, biofertilizantes, energía limpia e innovación empresarial.

La discusión gira alrededor de qué hacer cuando llegue.

Esa diferencia cambia todo.

Porque obliga a pasar de una lógica de emergencia a una lógica de gestión.

Obliga a pensar en cadenas productivas donde antes solo existían residuos.

Obliga a conectar universidades con empresas.

Laboratorios con agricultores.

Innovación con políticas públicas.

Durante años, la respuesta predominante consistió en retirar el sargazo de las playas lo más rápido posible.

Esa tarea seguirá siendo necesaria.

Nadie discute eso.

Pero limitarse a limpiar sería desperdiciar una oportunidad que empieza a hacerse visible.

Los experimentos agrícolas muestran que la biomasa puede convertirse en fertilizante.

Las investigaciones energéticas indican que podría formar parte de sistemas de producción de biogás.

Los emprendedores han demostrado que existen mercados para productos derivados del sargazo.

Lo que parecía un problema exclusivamente ambiental comienza a revelar una dimensión económica que hace apenas unos años parecía improbable.

Detrás de cada arribazón existe una amenaza.

Eso es evidente.

Pero detrás de cada amenaza también puede existir una decisión.

La decisión de innovar.

La decisión de investigar.

La decisión de transformar.

Quizá el verdadero desafío para República Dominicana no consista únicamente en enfrentar el sargazo.

Quizá el desafío sea aprender a verlo de una manera distinta.

Porque el futuro del fenómeno ya no depende solamente de las corrientes marinas.

Depende, también, de la capacidad del país para convertir una crisis recurrente en una ventaja sostenible.

Y esa historia apenas comienza.

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Ariel Ozoria

Ariel Ozoria

Ariel Ozoria es locutor, escritor, estudiante de comunicación Digital, y pastor con una voz que inspira y transforma. combina fe, propósito y estrategia para empoderar a emprendedores y líderes a vivir con intención. Su misión: despertar el potencial escondido en cada persona y conectarlo con un mensaje que impacte al mundo.

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