Cerebro, angustia y cultura
Un síndrome con nombre literario
Por Marcia Castillo, neuróloga
Imagen: Chapgpt
Cuentan que una vez le preguntaron al gran Flaubert, creador del personaje que hoy inspira este artículo: ¿quién es Madame Bovary? Y él respondió: “Emma Bovary soy yo”. Cada vez son más los que experimentan este vacío, que habitan la vida como un personaje insatisfecho.
El término que mejor describe este vacío es el bovarismo, tomado de la novela de Flaubert. Emma Bovary no sufre porque su vida sea objetivamente mala, sino porque la mide contra una fantasía idealizada —alimentada por las novelas románticas que devoraba de joven—, que ninguna realidad puede igualar. Hoy ya no se leen novelas: se vive el multiverso virtual y la presión de la inmediatez.
El bovarismo explica precisamente eso: un desajuste entre la línea del tiempo, la vida imaginada y la vida vivida, que genera una angustia incluso cuando los hechos objetivos no la justifican.
Lo interesante es que la posmodernidad no inventó el bovarismo, pero lo reconstruye día a día, hilvanando los hilos que lo sostienen. Antes, nuestras autopromesas idealizadas y la presión por la happycracia alimentaban un bovarismo que nos autoconsumía como una serpiente que se muerde la cola y no para; ahora se nutre además de la competencia en las pantallas, los reels de vidas ajenas editados cuidadosamente, y una cultura que vende la meta cumplida como destino final de la felicidad, sin advertir que la meta, una vez alcanzada, simplemente deja de ser meta. ¿Realmente esa era la meta, o era la de los otros? ¿Es el pozo del pasado y el presente que se entremezclan como una amalgama perniciosa? Un estar sin ser, una singladura que nunca termina.
La sociedad del cansancio: el enemigo ya no está afuera
Byung-Chul Han mete el dedo en la llaga y lo retuerce: en La sociedad del cansancio (2010) ofrece la pieza que falta para entender este malestar tan propio de nuestra época. Han argumenta que hemos pasado de una sociedad disciplinaria —regida por prohibiciones externas: “no puedes”, “no debes”— a una sociedad del rendimiento, regida por un imperativo interno: “puedes”. El sujeto ya no está sometido a un amo externo; es su propio empresario, su propio explotador. Es Prometeo, es el águila como alter ego que devora sus propias vísceras, y ahí está el giro perverso: cuando la exigencia viene de adentro, no hay quién la libere. No hay jefe a quien renunciar, no hay sistema al que culpar del todo. Solo estamos nosotros, y nada más, con esa sensación terrible de que nunca es suficiente.
El cansancio del yo es un agotamiento que no viene de hacer poco, sino de la imposibilidad de parar de querer más. La meta cumplida no cierra el ciclo: lo reinicia con una meta ligeramente mayor. Es la lógica de la rueda de hámster: cada logro no es una llegada sino un nuevo punto de partida, un volver a empujar la piedra de Sísifo cuesta arriba.
La ucronía: la trampa morbosa de creer que el pasado fue mejor
A este cóctel se suma un tercer mecanismo: la ucronía, esa trampa morbosa —siempre invisible— de creer que todo pasado fue mejor, ensalzando el ayer como si hubiera sido una época de plenitud que “ahora” ya no existe. En sentido estricto, la palabra designa un pasado alternativo e imaginado: una historia que no ocurrió, pero que se narra como si hubiera sido posible y mejor.
Aplicada aquí de forma coloquial, describe algo muy real en la clínica: la memoria reconstruye el pasado con un sesgo positivo, filtra el malestar que sí hubo y deja solo la nostalgia, el litost del que hablaba Kundera.
El resultado es una comparación injusta: el presente completo, con toda su complejidad, contra un pasado editado, reeditado y simplificado. Es una variante temporal del mismo mecanismo que describe el bovarismo: comparar la vida real contra una versión idealizada, solo que esta vez la fantasía no está en el futuro, sino detrás.
El bovarismo, la sociedad del cansancio de Han y la idealización del pasado desplazan la vara de la satisfacción hacia un lugar inalcanzable: una fantasía futura, una autoexigencia sin techo y un pasado que nunca existió tal como se lo recuerda.
En los tres casos, el presente real —con sus logros concretos y verificables— sale en desventaja al compararse ante algo que no fue, pero pudo ser, o que fue, pero nunca volverá a ser.
Entender esto no elimina el malestar, pero lo despatologiza: no es que a la persona “le falte algo” o “no sepa disfrutar”. Es que el ser humano se está midiendo con una vara que no fue diseñada para medir la vida real, sino la fantasía.
Una pregunta útil para la neurociencia
Frente a este cuadro, el cuestionamiento que suele abrir más que “¿qué te falta?” es otro: ¿contra qué versión imaginada estás comparando tu vida real? Muchas veces ahí aparece la historia que nunca se vivió, el rendimiento que nunca alcanza techo, o el pasado que la memoria embelleció.
Nombrar esa versión imaginada y distinguirla del presente real es a menudo el primer paso para salir del bovarismo, salir de la ucronía, para que un logro empiece, por fin, a sentirse como logro genuino y honesto.
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