Una mujer se ha encontrado con la poesía
Por: Luis Quezada, filósofo y teólogo
Aprendí tantas cosas en mi afán
de encontrar la aprobación ajena,
que ahora solo deseo vivir con la
maravillosa mujer que vive en mí.
¡Se terminó mi búsqueda!
¡Por fin me he encontrado!
Con esta hermosa estrofa, concluye Elidenia Velásquez su tercer poemario, Lágrimas de otoño, impreso en mayo de 2023, donde en 58 poemas nos entrega lo mejor de sí hasta el momento. El poema 28 le da el título a todo el poemario, cuya última estrofa recoge el contexto vital que hace posible la creación poética: silencio…amanecer…suspiro…soledad
Lágrimas de otoño en el silencio,
lágrimas de mis ojos en el amanecer,
lágrimas del mundo en un suspiro,
lágrimas derramadas en soledad, sin un porqué. (p.53).

El poemario está dedicado, como dice la autora, “al doctor Bruno Rosario Candelier, maestro consagrado, querubín de la palabra”; y precedido por un hermoso y sustancioso prólogo, escrito con sabiduría sapiencial y mística, por el poeta interiorista Leopoldo Minaya, quien afirma que “con este libro, Elidenia Velásquez afianza con creces el muy merecido lugar que ocupa en las letras dominicanas” (p.15).
El fruto de la poesía en un escritor es el aprendizaje existencial, que se logra a través del silencio, buscando la gratuidad misma de la realidad viviente, descubriendo el amor que reside en el ser, encontrando la paz, no importa las turbulencias; sintonizando con la voz de su conciencia y nunca lamentándose del tiempo pedido :
Aprendí a transitar en silencio
en medio del gentío, a ser feliz
sin la aprobación de nadie,
a no callar cuando soy agradecida.
Aprendí que el verdadero amor reside en mí;
que es posible vivir en paz siempre
y cuando escuches tu conciencia;
aprendí a no llorar por el tiempo perdido.
Aprendí a amarme como la mujer única
y exquisita que soy; a no depender
del permiso externo para vivir a plenitud;
a sentirme segura solo en compañía de mí misma.
Aprendí a ver el amor en la libertad…
Aprendí a ser fuerte en la adversidad… (p.95)
La poesía nos lleva a un nuevo aprendizaje del vivir y convivir:
Aprendí a ver con los ojos cerrados,
a retener con las manos abiertas,
a perdonar con el corazón lleno de gozo,
a vivir con alegría mis sueños (p.96).
En una palabra, la poesía es el afán que nos lleva a la búsqueda y al encuentro de sí mismo, como bellamente expresa nuestra creadora:
Aprendí tantas cosas en mi afán…
¡Se terminó mi búsqueda!
¡Por fin nos hemos encontrado! (p.96)
Pienso que el poema “Aprendí” con el que Elidenia Velásquez cierra su poemario, es el más rico en densidad filosófica y un excelente colofón para esta nueva entrega de su permanente creación poética.
El poeta vive permanentemente rasgando el velo del silencio, para descubrir la simbiosis con todo lo creado. Hasta la oscuridad más oscura, se convierte en su aliado y la hace consustancial a su ser, para descubrir la luminosidad, la claridad:
Camina la noche en su afán,
y yo con ella.
Su faz envolvió el semblante de mi alma.
…
Yo era ella, ella era mi alma
y mi alma era la inmensidad
…
Todos fuimos alma, noche, vida Desde
entonces ella está en mí, mi alma en ella, y yo
por doquier; ahora somos un trinomio:
mi alma, la noche y yo (p.17).
Arrimando el agua para mi molino, oriento el sentido polisémico de sus versos y poemas en el lecho caudaloso de la filo-teología.
Es curioso que para Elidenia Velásquez, la poesía es un afán existencial. Su poemario comienza con el verso:
Camina en la noche su afán… (p.17)
Y culmina su libro con una última estrofa que dice:
Aprendí tantas cosas en mi afán… (p.96)
Para nuestra autora, la poesía nos encierra en aquello que Descartes llamó la duda metódica, como camino para la búsqueda del bien, la verdad y la belleza:
Me pierdo en tu abismo, en la soledad de tu mirada.
No tengo salida, tu plenitud desborda mi entendimiento,
y otra vez, vencida, vuelvo a dudar. (p.18)
Y en el poema siguiente, “Luces inconclusas”, plantea el caminar de la existencia como una duda:
Una duda camina descalza
por los abismos de la noche.
Vislumbra un arcoíris de oscuridad
en el camino de la aurora,
trae vendimia de emociones
en avenidas deshojadas (p.19)
Para Elidenia Velásquez, la poesía convierte nuestro ser en “labios de seda”, que “estremecen mis sentidos cual manjar suculento” y esos mismos labios, como estructura seral, se convierten en “delicia del verano”, “paz de mi alma”, “luz de mis ojos”, “fresco oasis que refresca mis noches y mi despertar”. En una palabra, esos labios de seda son trozos existenciales creados por la poesía:
Esos sabrosos labios, los tuyos,
manantial infinito, trozos de poesía
que desvelan mi sueño (p.20).
Hay en el poeta una búsqueda incesante de una presencia misteriosa, que a veces duele el no encontrarla velozmente. En “Despedida”, ella lo expresa así:
De tanto esperarte se ha nublado mi razón.
De tanto anhelar tu presencia
se marchitaron mis ilusiones.
De tanto desear tu abrazo, me duele el alma (p.26).
El poeta siente, percibe y vive la existencia como la búsqueda de una presencia:
De tanto esperarte se ha nublado mi razón.
De tanto anhelar tu presencia
Se marchitaron mis ilusiones.
De tanto desear tu abrazo, me duele el alma (p.26).
En “Llama viva”, su noveno poema, vislumbra la poesía y la existencia al estilo San Juan de la Cruz, como una “llama de amor viva”:
¿Es posible dejar de escribir poesía
cuando en mi sangre corre veloz
el fuego huracanado de lo que no entiendo,
de lo que corta mi respiración y me quita el sueño?
…
La poesía es una llama viva que devora las entrañas
…
En tus ojos la poesía vive, y me enloquece (P.28).
El poeta descubre que “al principio del ser, está el amor”, como lo expresa con una belleza sin igual su poema 10, “Gravedad”:
Tengo muchos años padeciendo
de una extraña e incurable enfermedad
llamada amor.
Me contagié con tu mirada,
se exacerbó con tus besos,
penetró hasta el fondo de mi corazón.
Se propagó por mis venas,
se incrustó en mis huesos,
nubló mis sentidos, dominó mi razón.
Se apoderó de mi vida,
doblegó mis deseos,
y en cada madrugada se agudiza más y más.
Soy adicta a tu aroma,
dependiente de tus deseos,
prosternada estoy a tu voluntad.
No necesito cura porque no tengo,
mi única cura es este enfermo amor
que roba mi libertad (P.30).
La poesía hace adoptar al poeta un estilo de vida donde el vivir es en sí mismo la felicidad, como lo expresa en su poema 12, “Solo vivo”:
No busco la felicidad, solo vivo.
No tengo la intención de querer alcanzarla,
solo vivo… cada momento, cada día.
No persigo los atardeceres, solo camino por la vida,
y si en mi caminar veo una puesta de sol,
me detengo y observo el milagro.
La felicidad es encontrar la magia
en tu camino y disfrutar ese momento único
para luego atesorarlo en el corazón (P.32).
El poeta vive de una incertidumbre existencial, que le hace estar en permanente estado de búsqueda, tratando de encontrarse con aquella presencia que sacia toda existencia:
¿Alguna vez has remado en las aguas de la tristeza
o tal vez navegado en el mar de la melancolía?
Un obscuro camino me persigue…
Un gran abismo ha salido a mi encuentro
y no sé cómo calmar esta agonía
que roba los latidos de mi pecho
y me hace vivir tan solo con el hálito de tu mirada (P.39).
Elidenia se sabe poeta, pero ante todo se sabe mujer. Y esa mujer que ella es, define su poesía, matiza su creación estética:
La mujer que duerme bajo tu manto
es prisionera de la noche.
Vive en la diáspora del tiempo contando
las estrellas en el amanecer.
…
Esa mujer, fácil y ligera, dueña y señora,
insolente y delicada, es oasis de pasiones
en la cantera del huerto escondido
en la geografía de tu sonrisa (P.40).
En su poema “ÁMAME”, hay una dimensión espiritual profunda que se expresa en un ropaje corporal sensible, como es común encontrar en los poetas místicos:
Ámame a tu manera; sin prisas ni ataduras,
pero ámame…
Aprovecha esta piel, estos labios dispuestos
al disfrute de todas las delicias que escondes.
Ámame por doquier: en cada esquina,
en cada calle e instante, con diligencia,
con ruido o en silencio, no importa,
aquí estoy, ¡solo ámame! (P.45)
Su poema 29, “Presencia”, cuya polisemia permite considerarla como una verdadera joya teológica:
Hoy levanto a ti mi mirada y encuentro
destellos de tu plenitud, fulgores de amor
que estremecen mi alma en el sublime
encanto de un atardecer.
Roba mi paz contemplar el derroche
de belleza que encuentro en cada parpadeo
al sentir los latidos de tu inmensurable presencia
merodeando las fibras de mi existir (P.54).
En “Abro mis ojos”, la poeta percibe en las huellas del universo, el Amor de esa presencia primigenia, siempre leyendo en clave teológica sus versos:
Hoy abro mis ojos y veo tu amor
que desborda mi pecho y me conduce
a las maravillas del universo (P.60).
En “Destellos”, Elidenia Velásquez vislumbra de nuevo el hontanar mismo de la existencia y nos regala desade la poesía una mirada capaz de elevarse hasta la fuente del amor:
Ayer elevé a Ti mi mirada
y vi destellos de tu Amor
envueltos en trozos de poesía.
Tu Luz me cegó
y solo pude supirar
mientras observaba
la estela de tu faz (P.72).
El poeta, al buscar desde el silencio y la soledad el Sentido de la existencia, se contagia de una “enfermedad”. La poeta vive “enferma de amor”:
Otra vez vuelvo a enfermar.
He vuelto a recaer en este mal.
Está en mi sangre, acelera mi pecho.
y hace que olvide todo lo demás.
Me creí curada, ¡qué ilusa!
Sigo enferma de amor.
…
Nuevamente, ¡enferma!,
enferma de amor, de tanto amar.
Por favor, ven esta noche,
y trae a mi lecho mi ansiada sanidad (P.80)
A MANERA DE CONCLUSIÓN
Elidenia Velásquez nos demuestra una vez más su estatura grande de poeta, pues en su quehacer estético, labrado en el silencio, vislumbra un amanecer radiante que suspira desde su soledad, por encontrar un porqué que dé sentido a todo lo existente, para ella expresarlo desde su talento creador estético, como ella misma concluye su poema “Lágrimas de otoño”, que da título a este poemario:
Lágrimas de otoño en el silencio,
Lágrimas de mis ojos en el amanecer,
Lágrimas del mundo en un suspiro,
Lágrimas derramadas en soledad, sin un porqué.
Me siento honrado de poder expresar en esta breve presentación, con las limitaciones propias del tiempo, la obra de una excelente poeta interiorista, que demuestra una vez más, con su sabor de mujer, la grandeza de su alma lírica y cuánto se tiene que esforzar un filo-teólogo para caerle atrás al vuelo sereno, majestuoso y sublime de su poesía, que en muchas ocasiones nos deja embelesados.
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