Por Dra: Marcia Castillo (neuróloga)
Foto tomada de: https://www.lanacion.com.ar/el-mundo/maria-corina-machado-se-vuelve-el-motor-de-la-campana-de-la-oposicion-y-un-fenomeno-imparable-para-nid12052024/
“Porque, al fin y al cabo, el miedo de la mujer a la violencia del hombre es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo.” Así termina el fragmento de La mujer sin miedo, de E. Galeano, maestro de la palabra alada, hermosa pero incisiva. Con su fuero creativo ha reivindicado a la mujer, sacándola de cuartos oscuros, cocinas silenciosas y de terribles hogueras, donde la mezquindad histórica ha ido confinándola. Galeano salva, con cada lector que lo visita, no solo a la mujer sino a los alienados, a los amordazados invisibles; en fin, a los olvidados.
Si Galeano retomara la pluma, tal vez escribiría sobre esta mujer que increpa a los poderosos, a la doble moral y a la necropolítica de un país tan bien estructurada durante décadas, que parecía imposible romperla. Escribiría sobre esta mujer que camina sin miedo, en jeans y camisetas blancas por todos lados, subiendo a los pódiums con su pensamiento y voz palpitante, porque sabe que en sus pies también camina todo un pueblo. Los que atravesaron la frontera durante días solamente con lo puesto, los que dejaron a sus padres porque no tenían para comprarles comida o pastillas para la diabetes, y si lograban conseguir algún dinero, entonces no aparecía ni el pan ni la pastilla.
Sus pies también los habitan los universitarios que ahora son porteros o venden dulces en las esquinas de otro país que no es el suyo; salieron con su corazón hecho un puño, ahora no pueden regresar, pero tampoco quedarse donde están. ¡Tantos los que caminan en sus pasos! En esas marchas junto a los que despertaron para cambiar su futuro. “Con esta mezcla extraña, se han abierto calzadas y caminos por donde el cascabel de la esperanza acelera su ritmo”, escribió el poeta.
María Corina Machado parece no temer a nada, pero todos tenemos miedo a algo o alguien, porque el miedo es una reacción adaptativa y evolutiva, de freno moral, de proyección de riesgo e introspección para nuestra autopreservación. La amígdala hipocampal es el sensor que se activa ante un posible riesgo. Luego, el núcleo accumbens modula la respuesta ante el agresor y finalmente, es el neocórtex prefrontal quien proporciona los elementos cognitivo-conductuales para actuar frente a ese gatillo, accionando sin razonar demasiado cuando es urgente o con prudencia, sopesando los riesgos. En situaciones extremas, nuestra corteza está obnubilada, perdiendo ese freno, y actuamos instintivamente; nuestro gestor conductual tendrá puntos ciegos (un imprevisto, catástrofe, accidentes, etc.).
Urbach-Wiethe describieron una serie de casos donde se destruye progresivamente la amígdala hipocampal por acúmulo de calcio, anulándose la capacidad de gestionar el miedo y, con ello, toda la protección que otorga. Esta condición se llama “enfermedad sin miedo”, y quienes la padecen están expuestos a peligros indecibles sin sentido de autopreservación o discernimiento del riesgo. Se endurecen otros tejidos extracerebrales como piel, mucosas, ojos, laringe, etc. Afortunadamente, esta pertenece a las enfermedades raras (menos de 400 casos). También presentan síntomas neuropsiquiátricos como epilepsia, psicosis y trastornos de memoria.
La ausencia de miedo tiene otra lectura, y sobre esto se pronuncia con un sabor que rompe con su habitual narrativa Byung-Chul Han en su ensayo más reciente, El espíritu de la esperanza. Aquí plantea cómo el miedo crónico deviene en angustia y se vuelve privativo: “Donde hay miedo es imposible la libertad, ambos sentimientos son incompatibles. El miedo como elemento regresivo para la democracia.” La angustia amplifica la sensación de encerramiento e impide el futuro porque cierra las puertas a lo nuevo. La esperanza es pues opuesta al miedo.
La Sra. Machado, abrazada junto a otros que eligieron perder el miedo a ese régimen del miedo, marcha porque al principio no había caminos, pero fueron los pasos firmes de hombres y mujeres los que terminaron trazándolos. Cuando Delacroix pintó La libertad guiando al pueblo, escandalizó la imagen que enarbolaba la bandera, una mujer aguerrida y tenaz. ¿Y acaso eso no es la libertad? No se trata de no tener miedo, sino de abrazar la esperanza; ella abrirá las puertas al futuro, a lo venidero, a lo que aún se está gestando. Como dice Han, “la esperanza es la vida misma defendiéndose, luchando por ser libre, y en un mundo sin sentido da sentido a nuestra existencia.”
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