Por Marcia Castillo, neuróloga
Foto: https://www.mexicosocial.org/pobreza-y-desigualdad-en-el-neoliberalismo/
Recuerdo cuando esa palabra empezó a rodar como una gran avalancha. Intelectuales, políticos de turno y economistas bien pudieron proponerla como palabra del año: “neoliberalismo”. Hasta los jóvenes que apenas sorteábamos los inicios de las facultades universitarias comenzamos a usarla, por moderna, vanguardista y porque esta propuesta política iba a permitir finalmente la equidad.
El neoliberalismo es conocido como una corriente económica y política que ganó influencia en todo el mundo en las últimas décadas. Sus promesas de crecimiento económico, eficiencia y libertad individual han resonado en muchos ámbitos. Todos íbamos a tener las mismas oportunidades; el tiempo para aquellos que son como los que sueñan había llegado.
El “yo debo” en el sujeto de la premodernidad pasó al “yo puedo” de la posmodernidad. Las oportunidades traían estos nuevos aires sociopolíticos, pero, ¿para quién? ¿por quién? El sujeto de la represión pasó a la depresión, como apunta Han en su ensayo. Por eso resultaría, en retrospectiva, interesante analizar el rol que este modelo ha tenido en el aparato psíquico, social y personal, contribuyendo a aumentar la desigualdad social y pudiendo generar consecuencias en la salud mental, específicamente en el desarrollo de ansiedad, estrés y burnout.
Desigualdad social
El neoliberalismo ha fomentado la privatización y la reducción del papel del Estado, la participación concreta y obligatoria en los derechos inalienables: salud, educación, vivienda y alimentación, lo que ha llevado a una creciente desigualdad social. La falta de regulaciones adecuadas y la búsqueda de máximas ganancias por parte de las empresas ha resultado en una disparidad cada vez mayor entre los sectores privilegiados y los desfavorecidos de la sociedad.
La concentración de riqueza en manos de unos pocos ha dejado a muchos sin acceso a servicios básicos como educación, atención médica y vivienda adecuada, como hemos citado. Estas brechas agrietan la cohesión social y generan tensiones que pueden llevar a problemas de salud mental.
Impacto en la salud mental
El neoliberalismo y la desigualdad social no son la pobreza en sí, sino la falta de oportunidades, políticas hechas por los más favorecidos para los más favorecidos. Los jóvenes viven en la inmediatez y los adultos en la desesperanza. La posmodernidad cría hijos hiperproductivos que frecuentemente son el engranaje del eje del capital: más trabajo, más dinero.
La familia, los hijos y el autocuidado pasan a un segundo plano. La igualdad de oportunidades para todos, pero no igualdad de condiciones, termina pasando factura.
“Quien no encuentra tiempo para cuidar de su salud, tendrá que encontrar tiempo para cuidar de su enfermedad.”
Existen hiatos significativos en la salud mental de las personas hoy día: estrés, ansiedad, insomnio, déficit de atención, burnout y percepción de soledad, que se han vuelto omnipresentes en nuestra sociedad posmoderna, ya que los individuos luchan por adaptarse a las presiones y competencias constantes.
La incertidumbre laboral, la inseguridad económica y la falta de protección social generan un clima de temor y ansiedad que afecta la salud emocional y mental de las personas.
Además, la cultura del individualismo y la competencia exacerbada promovida por el neoliberalismo conllevan una alta carga de trabajo y la necesidad constante de demostrar productividad y éxito. Esto puede resultar en el desarrollo de burnout, un estado de agotamiento emocional y físico causado por el exceso de trabajo y la falta de satisfacción personal y autoreconocimiento.
Alternativas y perspectivas
Es necesario cuestionar el paradigma neoliberal y buscar alternativas que aborden la desigualdad social y promuevan un enfoque más equitativo en la economía y la sociedad. El fortalecimiento del sistema de protección social, la implementación de políticas redistributivas y el fomento de la colaboración y la solidaridad son enfoques que podrían contrarrestar los impactos negativos de estas políticas en la salud mental y la desigualdad social.
Además, es fundamental reconocer que el bienestar de las personas no debe medirse únicamente por su productividad y éxito material. Es necesario fomentar una cultura que valore la salud mental, el equilibrio entre el trabajo y la vida personal, y el equilibrio emocional como indicadores de una sociedad verdaderamente próspera.
Conclusión
La falta de regulaciones y la promoción de la competencia exacerbada han contribuido a una brecha creciente entre los más ricos y los más pobres, lo que genera ansiedad y estrés en la población. Es fundamental cuestionar este modelo económico y buscar alternativas que prioricen la equidad y la salud emocional de las personas. Solo a través de un enfoque más equitativo y solidario podremos construir una sociedad en la que todos puedan prosperar y disfrutar de una buena salud mental y emocional.
Sería interesante que los diferentes actores evalúen cómo estas políticas que proponen los más privilegiados pueden impactar la dimensión biopsicosocial de los menos privilegiados.
Como dijo Jiddu Krishnamurti: “No es signo de buena salud estar adaptado a una sociedad totalmente enferma.”
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