Foto: https://www.mentepoderosa.es/firewalking-caminar-descalzo-sobre-fuego/
Por Dra. Marcia Castillo
Estábamos en la parte trasera del laboratorio tomando un descanso cuando escuchamos un alboroto en el edificio contiguo al nuestro, el movimiento irregular vaticinando que algo fuera de lo normal, algo atravesando los muros entre las salas clínicas, estaba pasando. Cuenta el Dr. Yuste, famoso neurobiólogo e ideólogo del proyecto Brain, en una entrevista, que se enteró de la historia del pequeño que caminaba sobre las brasas ardientes, tragaba cuchillos y se acostaba sobre una cama de clavos sin que en su cara asomara la más mínima expresión de dolor, una escena de teatro callejero.
Los espectadores acudían atónitos a aquellas hazañas tan asombrosas como angustiantes. Tenía apenas 14 años cuando se lanzó de un edificio pensando que nada le pasaría, padecía lo que en su momento se nombró insensibilidad congénita al dolor. Era conocido por los médicos de su comunidad natal (Lahore, en Pakistán) y, aunque finalmente llegó a las manos de cirujanos expertos en Cambridge, no pudo salvarse. Sin embargo, debido a que más de seis familiares padecían esta condición genética, se abrió el camino para entender algunos aspectos del dolor hasta ese momento desconocidos.
El pasado 17 de octubre, como cada año, se conmemoró el Día Mundial contra el Dolor, cuyo propósito es destacar la necesidad urgente de encontrar un mejor alivio para el sufrimiento físico por las enfermedades. En la Carta de Derechos Humanos de las Naciones Unidas desde el año 2000, el alivio del dolor es un derecho universal de todos los seres humanos sin distinción.
El dolor humano en su misma esencia encierra tremendas contradicciones desde el concepto de su percepción, su utilidad, y hoy se habla de la sociedad paliativa como concepto filosófico ante la happycracia, la incapacidad de entender el papel biológico, adaptativo y antropológico que cumple el dolor.
La Asociación Internacional para el Estudio del Dolor (IASP, por sus siglas en inglés) define el dolor como una “experiencia sensorial y emocional desagradable asociada a daño tisular real o potencial”; respecto al dolor en niños, explica que “la incapacidad de comunicarse verbalmente no niega la posibilidad de que alguien esté sufriendo dolor y necesite un tratamiento farmacológico adecuado”. Resaltaremos dos aspectos en la próxima entrega: El dolor emocional y sus estigmas, y que la incapacidad de verbalizar el dolor no significa ausencia de dolor.
Una vida sin dolor
El gen deficiente en las personas que no perciben el dolor se llama SCN9A, este modula el canal de sodio, regulando la neurotransmisión implicada en la recepción de los estímulos dolorosos.
Lo más interesante es que este canal no está presente en el sistema nervioso central (el cerebro y la médula), ni tampoco en el músculo cardíaco. El desarrollo de fármacos contra este canal de sodio tiene la predicción de comportarse como potentes analgésicos sin el espectro de efectos secundarios de los analgésicos actuales, que van dirigidos contra unas dianas moleculares mucho menos específicas.
Es impensable vivir sin dolor; su papel biológico, fisiológico y reactivo existe e inicia con la misma humanidad, pero el gran reto médico es la cronificación, una materia pendiente en salud con muchos costos que abordar, escenarios que develar y que abordaremos en una próxima entrega. No obstante, todo médico que se deba a su ministerio debe atesorar un dogma hipocrático:
“Si no puedes curar, alivia; si no puedes aliviar, al menos consuela”.
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