Dra. Marcia Castillo
“Yo no me dejo tullir de lo mío. Yo tengo mi vaina”; “deje eso así jefe, despué lo arreglamo, hable con el comando, ¡él sabe!”. Pruum pruum suena la música hasta reventar, pruum pruum y el baile convulsivo con los ojos desorbitados, los motores calibrando alrededor, nadie escucha y nadie tiene que hacerlo porque aquí están las tribus con sus jefecitos y sus jefazos. Todos se conocen, pero por su mote. Pruum por la calle, pruum por el área, prumm, y no pasa nada.
Este fragmento parece un reggaetón o una mala precuela de Rápido y furioso. Bien podría ser ambas. Lo cierto es que oirás frases iguales en cualquier barrio de nuestra media isla. Cuando Sartre escribió: “Yo era un niño, ese monstruo que los adultos fabrican con sus penas”, tal vez lo pensó con un sentido estrictamente existencialista, pero será difícil saberlo, lo seguro, rotundo y quizás desestimado es que el constructo psicosocial de nuestros adolescentes y jóvenes es un subproducto de la sociedad tardomoderna en la que todos somos actores.
Psicólogos sociales, neurocientistas y etólogos han analizado hasta la médula los factores de la descomposición social y la fractura moral de adolescentes y jóvenes. El role model que siguen, el impacto del uso indiscriminado de las redes sociales en diversas estructuras neuronales que tienen que ver con la cognición social y la empatía, el daño neuroquímico que genera el estrés de no sentirse validado y socialmente excluido debilita ciertas funciones que tienen que ver con la red neuronal por defecto: quiénes somos, a dónde vamos, cúal es nuestro rol vital y nuestro sentido de pertenencia.
No obstante, ser reduccionistas y mostrar únicamente el costado neurobiológico de estos comportamientos desaprensivos y de la vorágine dantesca que nos mastica a diario, no sería justo; hay que resaltar además las brechas sociales, el resentimiento, la marginación y los núcleos familiares disfuncionales. Padres con múltiples empleos que llegan a sus casas extenuados, padres que quieren para sus hijos un colegio mejor que el que ellos tuvieron. Quieren hacerlo bien, pero no les alcanza el tiempo para el buen tiempo.
Otra pieza fundamental es la violencia intrafamiliar, un tópico que hay que tocar hasta el hartazgo pues la neurociencia indica que un niño entre los 4 y 10 años viviendo en un nicho violento, en esa etapa cuando las células en espejo están calcando y replicando patrones, es una caja de resonancia. Posiblemente un niño maltrado se convierta en maltratador, y si no tiene esta herida, tendrá otras, producto de diversas formas de carencia afectiva con las que se adentrará en la adultez y a sus futuras relaciones. Como dijo A. Matute: “A veces la infancia es más larga que la vida”.
En un texto sobre la obra magna de Mary W. Shelley, Frankenstein (1832), Rosa Montero plantea que después de múltiples peripecias, dedicación y hondos estudios, Víctor logra darle vida a lo que el nombra “abominable adefesio”, una criatura feísima que no sabe articular palabra y que horroriza. Su hacedor sale huyendo y lo abandona recién entrando a la vida.
Es imposible no sentir la dureza del corazón humano, la falta de reconocimiento en lo distinto y la irresponsabilidad indigna que tiene el hombre con lo que crea. Ya sabemos que “la criatura” solo quería ser comprendida, aceptada, amada. Pero en su impotencia, y sin dirección, termina torciéndosele el rumbo y llenándose de pena y de rabia. Finalmente, se lanza desde la cima del castillo, pero nadie lo asiste, nadie tiene compasión de él, nadie llora por él, fue creado y abandonado, primero en vida, y luego, irreversiblemente, también en su muerte.
Escuché decir a un comentarista con voz altisonante y gestos de ofendido que esta “turba” de jóvenes y adolescentes son una pérdida, unos pequeños monstruos, pero, ¿quién ha creado estos monstruos? No somos mejores que el Dr. Frankenstein. Hemos parido una generación y en la etapa donde se acrisola su temperamento y su carácter andamos corriendo de aquí para allá. El tiempo se acorta, el trabajo se alarga, somos islas que se apartan, y así, poco a poco, los dejamos solos.
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