Más de 292,000 personas viven en zonas de riesgo en Santo Domingo, una capital atravesada por cañadas, ríos y un drenaje que no siempre resiste las lluvias extremas.
La lluvia empezó en silencio. Primero unas gotas. Después, un sonido constante sobre los techos de zinc. En Gualey, María Rodríguez miró hacia la calle y luego hacia la cañada que atraviesa el barrio. No necesitó escuchar el pronóstico del tiempo para entender lo que venía.
“Cuando el agua empieza a correr así… uno sabe”, dice. Tiene 52 años y ha vivido aquí toda su vida.
En su casa ya existe un ritual cuando llueve fuerte: subir los muebles, guardar documentos en una bolsa plástica y esperar. Esperar a ver hasta dónde llega el agua.
Santo Domingo siempre ha sido una ciudad marcada por el agua.
Los ríos Ozama e Isabela cruzan la capital como dos líneas oscuras que dividen barrios, avenidas y puentes. A su alrededor se levantaron comunidades enteras mucho antes de que alguien hablara de ordenamiento territorial o drenaje urbano.
Con el tiempo, esas comunidades crecieron.
Hoy forman parte del mapa más vulnerable de la ciudad.
Un diagnóstico del Distrito Nacional calcula que más de 292 mil personas viven en zonas consideradas de riesgo por inundaciones.
La mayoría se concentra en el norte de la capital, en barrios como Gualey, La Ciénaga, Los Guandules, Guachupita, Capotillo o La Zurza.
Son lugares donde la ciudad y el agua conviven demasiado cerca.
En Simón Bolívar, Juan Bautista Pérez dice que aprendió a leer las lluvias como quien aprende a leer el mar.
Tiene 63 años y vive en el barrio desde los años ochenta.
Cuando el aguacero se pone fuerte, sale a la esquina y mira la cañada.
“Si empieza a bajar mucha agua de arriba, hay problema”, dice.
La cañada atraviesa el barrio como una cicatriz.
En días secos parece apenas una zanja. Pero cuando llueve, el agua baja con fuerza desde las partes más altas de la ciudad.
“Eso viene con todo”, dice Pérez.
“Agua, basura, de todo”.
No es casualidad que muchos de los barrios más expuestos al agua también estén entre los más pobres.
Un estudio sobre vulnerabilidad climática del Distrito Nacional estima que alrededor de una cuarta parte de los hogares de la capital vive en condiciones de pobreza.
Pero en algunos sectores la realidad es mucho más dura.
En La Zurza, por ejemplo, dos de cada tres hogares viven en pobreza.
Allí vive José Miguel Herrera, mecánico.
Su casa queda cerca del río Isabela.
En una de las paredes hay una línea oscura que marca hasta dónde llegó el agua la última vez.
“Eso fue una noche de lluvia fuerte”, dice.
Mira la marca y sonríe con resignación.
“Uno duerme con un ojo abierto cuando llueve”.
La ciudad entera sintió lo que significa una lluvia extrema el 18 de noviembre de 2023.
Ese día cayó una tormenta que dejó más de 400 milímetros de lluvia en menos de 24 horas en algunos puntos del Gran Santo Domingo.
Las imágenes recorrieron el país: avenidas convertidas en ríos, carros atrapados bajo pasos a desnivel, barrios enteros inundados.
El Centro de Operaciones de Emergencias reportó más de 2,500 personas rescatadas y 13,000 evacuadas.
Más de 2,600 viviendas resultaron afectadas.
Luis Fernández, que tiene un colmado en Capotillo, todavía recuerda el momento en que el agua empezó a subir.
“Fue rápido”, dice.
“En minutos la calle parecía un río”.
Las inundaciones también dejan una factura económica que pocas veces se ve.
Según estimaciones utilizadas por organismos internacionales, los desastres naturales provocan pérdidas equivalentes a cerca del 2.3% de la economía dominicana cada año.
Eso significa alrededor de 676 millones de dólares anuales entre daños a viviendas, carreteras, redes eléctricas y sistemas de drenaje.
Es dinero que se gasta en reconstruir lo que el agua destruye.
Y existe un escenario peor.
Los análisis de riesgo advierten que un huracán particularmente destructivo podría causar pérdidas superiores a 13,800 millones de dólares, una cifra equivalente a más del 11% del PIB del país.
En los últimos años, el gobierno ha empezado a intervenir algunas de las cañadas más problemáticas.
La CAASD trabaja en el saneamiento de más de 45 kilómetros de cañadas en el Gran Santo Domingo.
Una de las obras más recientes fue la canalización de la cañada Los Peralejos, entregada en 2026 tras una inversión de más de 223 millones de pesos.
Pero el reto es enorme.
Solo la cañada Guajimía, en Santo Domingo Oeste, tiene casi 17 kilómetros de longitud.
Al caer la tarde en Gualey, las nubes vuelven a cubrir el cielo.
Algunos vecinos miran hacia la cañada.
Todavía no ha empezado a llover.
Pero todos saben que podría hacerlo.
En una ciudad atravesada por ríos y cañadas, la lluvia nunca es solo lluvia.
A veces es una advertencia.
Porque en muchos barrios de Santo Domingo el problema no es que llueva.
El problema es que el agua siempre encuentra por dónde volver.
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