Por Dra. Marcia Castillo
En una caverna, un grupo de hombres postrados y encadenados por la espalda, están enclaustrados desde su infancia. Detrás de ellos hay una luz que va marcando sobre la pared frontal el reflejo de las imágenes en movimiento que se desplazan en el exterior. Para aquellos seres que nunca han conocido otra realidad que ese teatro claroscuro, esa es la única y absoluta verdad. El resto del mito ya es conocido por ustedes puesto que pertenece a la famosa alegoría relatada por Platón en el El mundo de las ideas.
El hombre que salió de la caverna, que se atrevió a soportar el fulgor de la luz, ya que solo así podía obtener el conocimiento, rompió sus cadenas, dejó las masas, miro más allá de las paredes y vio que las cosas eran más que aquel reflejo. El hombre pensó que debía pensar, razonar, y no ser un mero espectador acidioso, maniatado y repetido.
Uno de los postulados neurológicos más revolucionarios del último siglo es la teoría del cerebro Triuno, de Paul MacLean. Este explica el desarrollo ontológico del sistema nervioso y cómo el cerebro actual es la sumatoria de un proceso de superposición de capas que fueron apareciendo consecuentemente con el transcurrir de milenios, acomodándose una sobre la otra pero sin que las anteriores dejasen de existir. El primer cerebro en aparecer en los seres vivos fue el cerebro reptiliano.
Esta vendría siendo la primera de las tres capas que existen en nuestro cerebro. Representa los instintos más básicos de la especie humana: hambre, reproducción sexual, sueño, instinto de supervivencia y lucha. Algunos sugieren que la conexión ancestral y ritual también se ubica en este cerebro arcano y primitivo.
Luego aparecerá el cerebro límbico o mamífero que gestiona las emociones, la cognición emocional y la memoria, dotando de sentido dichas emociones.
Finalmente, y ya con el Homo Sapiens, se desarrolló la neocorteza,encargada de todo lo referente al pensamiento abstracto, el pensamiento lógico y racional, el juicio y los procesos comunicativos complejos que empleamos para comunicarnos en la sociedad moderna, la empatía, la introspección y la reflexividad. Es por el neocortex que proyectamos los riesgos futuros de nuestros hechos, nuestro talante y tenemos conciencia de nosotros mismos. El Homo Sapiens es el pináculo de la cadena evolutiva y es el único capaz de reflexionar sobre su propia finitud o trascendencia.
En los últimos 100 mil años nuestro cerebro fue dotado de una maravillosa y refinada área del neocórtex prefrontal que nos hizo prosociales y humanos. Nos dotó de lenguaje, proporcionándonos la facultad de lidiar con los conflictos y subsanar fricciones a través del diálogo. Empezamos a posicionar el pulgar y así el apretón de manos se convirtió en la forma de sellar un pacto honesto y cabal entre dos personas que en ese momento se ven y se reconocen por medio de un gesto universal. Aquí también juegan un rol medular las neuronas espejo (células de Giacomo Rizzolatti), donde se ubica la empatía y el lazo de hermandad que va más allá de un vínculo de sangre.
Nos costó millones de años de evolución para que estas 100 mil millones de neuronas, perfectamente organizadas y conectadas, se perfeccionaran hasta aquí. ¡Millones de años!
Y, ¿qué ha pasado que parece que vamos en franco detrimento? Según Lamarck, padre de la teoría del transformismo, cada generación venidera adquiriría de sus antecesores las mejores características y en esto putativamente deberían superarlos, aunque estos postulados quedaron relegados por la teoría darwinista, no deja de plantearnos un hondo y espinoso cuestionamiento: ¿en qué momento dejamos de evolucionar para ser mejor como especie? ¿Qué mecanismos psicoculturales o neurosociales han generado esta minusvalía en la que parece que estamos atascados?
La palabra “sentipensante”, según el autor E. Galeano, no tiene una traducción real, pero su significado más cercano es “pensar con el corazón y sentir con el cerebro”. Con esto, el autor del El libro de los abrazos resalta la importancia que una lejana tribu acreditaba a la consonancia que debe existir entre el pensamiento y el sentimiento, a la armonía entre el juicio y la empatía y entre la introspección y la proyección futura de nuestros hechos. Y eso que el uruguayo nada sabía de neurociencias, pero sí de auscultar la realidad social, de mirar donde hay que mirar y escuchar, para poder luego contar.
En este mundo postmoderno donde parece que algunas funciones cerebrales van irremisiblemente en detrimento, que la tecnología está modificando nuestro cerebro a través de la gratificación inmediata, que el hombre está cada vez más atomizado, más conectado, pero menos cohesionado, nos hemos ido transformando en una especie de mente-máquina operativa donde solo queda lugar para la acción y cada vez menos espacio para el juicio y la razón.
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