Lecturas del cuidado paternal en la posmodernidad
Por Dra. Marcia Castillo (neuróloga)
Foto: https://ustedleepoesia2.blogspot.com/2008/07/anquises-sobre-los-hombros.html
«¡Ya no sé qué hacer con mi papá!». Esta frase parece haberse vuelto parte de la narrativa cotidiana en la tardomodernidad. Sin embargo, lo que verdaderamente inquieta no es cuándo comenzó a repetirse, sino por qué ha llegado a ser tan frecuente.
En la Eneida, Virgilio presenta al mítico Eneas huyendo de Troya y encarnando la pietas: el reconocimiento del vínculo sagrado con quienes nos preceden. En medio de la catástrofe, el héroe no elige la ligereza; carga a su padre, Anquises, sobre los hombros mientras guía con la otra mano a su hijo. La escena funda una ética: nadie se salva solo, nadie se construye desde el vacío.
Hoy, esa imagen resulta provocadora para una sociedad profundamente edadista, donde el homo capitalis y el homo psychologicus tienden al utilitarismo y a la ruptura con aquello que nos hiere o incomoda. La piedad y la otredad parecen desplazadas. Vivimos bajo la lógica de una “obsolescencia humana” en la que el valor personal caduca cuando disminuye la capacidad productiva. Simone de Beauvoir lo advirtió en La vejez: «Por la forma en que una sociedad se comporta con sus viejos revela la verdad de sus principios y sus fines».
En la cultura de la inmediatez, el cuidado aparece como interrupción de la autonomía, como un lastre que frena el progreso individual. Sin embargo, la figura de Eneas recuerda que el ser humano no surge del aislamiento, sino de una urdimbre transgeneracional que lo precede y lo sostiene.
Cargar al padre en la posmodernidad se convierte así en un acto de contrarresistencia filosófica, cultural y política. Implica afirmar que la vejez no constituye una especie aparte, ajena a nosotros mismos, sino nuestra propia imagen proyectada en el tiempo. Como sugiere Pedro Simón en su narrativa, somos los siguientes.
Al abrazar la vulnerabilidad de nuestros mayores recuperamos nuestro centro de gravedad: sostenemos la historia —el padre— y garantizamos que el futuro —el hijo— encuentre un suelo firme. Salvaguardamos, en ese gesto, la continuidad de nuestra memoria vital.
La esencia de nuestra especie radica en la interdependencia. Volver a la piedad significa comprender que el peso del cuidado no es una carga que nos hunde, sino el anclaje que nos mantiene erguidos frente a las llamas del solipsismo contemporáneo. Troya arde hoy y seguirá ardiendo; el humo nos desorienta, pero es ese peso en el hombro —nuestro bagaje afectivo e histórico— el que señala el norte.
Todos somos Eneas cargando a nuestros padres. Cargamos historias con la esperanza de fundar una patria futura. La pregunta permanece abierta: ¿nacerá una nueva Roma en la que la edad no pese y la fragilidad no sea descartada?
![]()


















