Por Dra. Marcia Castillo (neuróloga)
No fue Robin Williams el primero en usar las locuciones latinas Memento vivere, Carpe diem, pero fue gracias a él y a su memorable discurso en La sociedad de los poetas muertos, que quedarían plasmadas en la memoria colectiva de toda una generación. Incluso algunos pudimos entender por primera vez la belleza de estas palabras, el profundo significado de valorar el momento presente y la importancia de vivir conscientes y con plenitud genuina.
Robin ya no está físicamente entre nosotros y han pasado más de tres décadas del estreno de aquella icónica escena, no obstante, es imposible recordarla y no sentirse un estudiante más sentado frente a él e impactado por sus palabras.
Pero, ¿qué realmente significan estas frases y qué tienen que ver con la esencia de este artículo? Primero tratemos de entender que significa Memento vivere, ¿por qué hay que recordar para vivir? o ¿acaso vivir no se produce de manera automática? Pues sí, porque si somos melindrosos y nos adherimos a la neurobiología básica, el tallo cerebral (Centro primario de control cardiorespiratorio), no necesita que le recordemos nada, su funcionamiento es autónomo, cuando dormimos seguimos respirando y nuestro corazón latiendo. Netamente se refiere a la forma en que vivimos y no a vivir per se, pues el cerebro tiene intrincados y perfectos mecanismos para funcionar incluso en condiciones críticas y en modo de alerta.
Para Horacio, más que “recuerda que debes vivir” denota “cosecha el día”, reflexiona sobre el propósito humano, pero presta atención a cada momento vivido. Es una llamada a vivir el presente sin miedo y sin preocupación, para poder aprovechar las oportunidades que se presenten, y no nos referimos estrictamente a comprar el carro último modelo ni un iPhone con un 30% de descuento, naturalmente. Para Platón, al considerar el alma inmortal, el Carpe diem era aprovechar la vida terrenal para alcanzar la verdad y la sabiduría.

Como en todo, hay cierto dinamismo evolutivo en el entendimiento de estas frases, pero en lo que muchos filósofos convergen —y aquí su aplicación a las neurociencias y al desgaste cognitivo, atencional o vital al que nos somete la celeridad de la postmodernidad y la agonía trepidante de la cultura actual—, es en la importancia de estar presentes en el aquí y ahora, de aprovechar positivamente cada instante de nuestra existencia. No podemos cambiar el pasado ni predecir el futuro, pero sí podemos actuar de manera consciente en el presente.
Aprender a enfocarnos en lo que sí está a nuestro alcance implica identificar y aceptar las cosas sobre las que no tenemos control, como el clima, las acciones de otras personas o los acontecimientos externos, y dirigir nuestras decisiones y acciones a las que sí están en nuestras manos, evitando así la frustración y fomentando una mejor salud psicofísica, bajando nuestros niveles de cortisol e incrementando nuestros niveles de oxitocina: un perfecto balance para la buena memoria, sin mencionar cómo permite optimizar la atención y la memoria de trabajo.
Memento vivere también es cultivar la resiliencia y la longanimidad en medio de las adversidades. En lugar de dejarnos llevar por los pensamientos intrusivos y rumiar emociones nocivas, entrenamos nuestra mente para responder calmada y racionalmente ante los desafíos y tomar las decisiones acertadas incluso cuando perdemos el rumbo. Carpe diem, por su lado, es una invitación a la desaceleración, una reflexión sobre una sociedad galopante que amenaza con aplastarnos. Como dice Galeano: “De tiempo somos. Somos sus pies y sus bocas. Los pies del tiempo caminan en nuestros pies”.
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