Santo Domingo. La escalada del conflicto en Irán ha reactivado una de las mayores preocupaciones para la economía global: la seguridad del estrecho de Ormuz, por donde transita cerca de una quinta parte del petróleo que se consume en el mundo. Aunque el epicentro de la crisis se encuentra a miles de kilómetros, sus efectos ya comienzan a sentirse en países como República Dominicana, altamente dependientes de la importación de combustibles.
De acuerdo con la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA), por el estrecho de Ormuz circulan alrededor de 20 millones de barriles diarios de petróleo y derivados, lo que convierte a ese paso en un punto crítico para la estabilidad energética global. Cualquier interrupción, incluso parcial, tiene un impacto inmediato en los precios internacionales del crudo.
Ese escenario ha comenzado a reflejarse en el país. El Ministerio de Industria, Comercio y Mipymes (MICM) informó que el Gobierno dominicano dispuso subsidios por RD$1,189.8 millones en una semana para contener el alza de los combustibles, una medida que posteriormente fue ampliada con un subsidio adicional de RD$1,702.2 millones, ante la persistente volatilidad del mercado internacional.
Estas cifras evidencian el costo inmediato de la crisis. Según el MICM, el objetivo de estas intervenciones es evitar que las variaciones internacionales se trasladen de forma directa al consumidor final. Sin embargo, economistas advierten que este mecanismo, aunque efectivo a corto plazo, incrementa la presión sobre las finanzas públicas si se mantiene en el tiempo.
La vulnerabilidad dominicana frente a estos choques externos está ampliamente documentada. Datos de la Oficina Nacional de Estadística (ONE) indican que en 2024 el país importó US$1,172.2 millones en gas de petróleo y otros hidrocarburos gaseosos, representando un 3.9 % del total de importaciones. En paralelo, el consumo interno de combustibles alcanzó los 1,831.7 millones de galones, un aumento interanual de 3.5 %.
Este nivel de dependencia implica que cualquier incremento sostenido en los precios del petróleo impacta múltiples capas de la economía. Desde el transporte público y de carga hasta la generación eléctrica y la producción de bienes, el encarecimiento de la energía se traduce en mayores costos operativos que, en muchos casos, terminan trasladándose a los consumidores.
El Banco Central de la República Dominicana ha señalado en distintos informes que los choques en los precios internacionales del petróleo constituyen uno de los principales riesgos externos para la estabilidad de precios. En un contexto de tensiones geopolíticas, ese riesgo se intensifica, con potenciales efectos sobre la inflación y el tipo de cambio.
En esa misma línea, el Fondo Monetario Internacional (FMI) advirtió en su más reciente evaluación del país que la sostenibilidad fiscal depende, entre otros factores, de una gestión prudente de los subsidios energéticos. Un aumento prolongado del gasto en este renglón podría limitar el espacio fiscal disponible para otras políticas públicas.
A pesar de este panorama, la economía dominicana mantiene ciertos factores de resiliencia. El flujo constante de remesas, el dinamismo del turismo y la inversión extranjera directa han servido como amortiguadores frente a choques externos. No obstante, estos elementos no eliminan la exposición estructural del país a las variaciones del mercado energético internacional.
El desarrollo del conflicto en Irán será determinante en los próximos meses. Una eventual desescalada podría estabilizar los mercados y aliviar la presión sobre los precios del petróleo. En cambio, un agravamiento de la situación —especialmente si afecta de forma sostenida el tránsito por el estrecho de Ormuz— podría provocar un nuevo ciclo de aumentos en los combustibles, con repercusiones directas en la economía dominicana.
Más allá de la coyuntura, la crisis vuelve a poner sobre la mesa un desafío de largo plazo: la alta dependencia de combustibles fósiles importados. Mientras esa condición persista, República Dominicana seguirá siendo vulnerable a conflictos geopolíticos que, aunque lejanos en distancia, resultan cercanos en sus efectos económicos.
Porque en el mundo actual, lo que ocurre en Ormuz no se queda en Medio Oriente: termina, inevitablemente, reflejándose en el Caribe.
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