Leyendo Lengua de Paraíso y otros poemas, de José Mármol, me digo:
¡Que venga a mí, que acuda, la poesía bienhechora, a curar todos esos vacíos y neblinas que quedan, por la fuerza, a quien ha venido de una isla hacia otra, cargado de esperanza en la libertad, que es otro de los nombres de la poesía, y aspira en pocos años a penetrar su alma, y a unirla dentro de él en una sola isla literaria, o isla y media, donde todos los grandes del oficio que han sido, y que serán, dialoguen…!
La poesía de Mármol, que casi encabezaba mi lista de deudas de lecturas, me recuerda que ese diálogo poético está ya establecido, de modo extraordinario, y acaso insuperable, no solo en la poesía como género literario, sino en la poesía en actos, a veces más contundente que la otra, e igual de necesaria. No habría más que recordar aquella carta de Martí a Federico Henríquez, que aún no puedo leer sin que se me haga un nudo en la garganta, donde dice:

De Santo Domingo ¿por qué le he de hablar? ¿Es eso cosa distinta de Cuba? ¿Vd. no es cubano, y hay quien lo sea mejor que Vd.? ¿Y Gómez, no es cubano? ¿Y yo? ¿Qué soy, y quién me fija suelo? (…) Esto es aquello, y va con aquello. (…) Hagamos por sobre la mar, a sangre y a cariño, lo que por el fondo de la mar hace la cordillera de fuego andino.
Hijos del mismo mar, y de la misma Luz, criaturas absolutas de islas, vemos el mundo de la misma manera; bajo el hechizo de la sangre mestiza, las angustias, alegrías y ritmos que delinean nuestro rostro caribe y ancestral. De modo que el «tránsito» me ha sido fácil, pues ha cambiado mi locación, hacia el oeste, pero el espíritu es el mismo.
Hasta ayer, yo había leído apenas unos poemas de Mármol, cuando tuve ocasión de atender, durante una Feria del Libro en el país, la Colección Visor. Vi su nombre. Me dije: El argentino; pero, enseguida, unos datos y un rostro dijeron otra cosa: dominicano, 1960. Pensé: tiene la edad de mi padre. Entonces abrí el libro al azar, y leí: Arroja tú los dados, Señor, te ha llegado el turno y es invierno. / Arrinconado está el tridente, una piel de cenizas cubrió las cordilleras.[1]
Seguí de largo leyendo aquellos poemas, en medio de mil interrupciones, y anoté mentalmente, como una orden tonante: «Leer todo de José Mármol, el dominicano». Y cerré la nota. Lo que sentí entonces, tres años después, que apenas he cumplido de manera parcial aquella orden con la lectura de Lengua de paraíso y otros poemas, volví a sentirlo ahora: percibí el hálito de la gran poesía, de aquella que puede, como dijo el maestro, sazonar un siglo o ser tan esencial como la industria.
Lo cautivante es que no hay estridencia, ni imposición, ni verticales apotegmas en estos claros versos, que fluyen como una reflexión de lo vivido, o por vivir, ahondando lo bastante como para crear nuevos enigmas que necesitarán, también, nuevas respuestas, que acaso ya no podrán ser apresadas en palabras. La sensación de que algunas imágenes, sentires, ideas que nacen de algunos de estos poemas, transcienden la palabra y precisan de un soporte distinto para ser expresadas, volvió a mí muchas veces durante la lectura. No lo sé, y no tengo noticias sobre ello, pero imaginé que tal vez el poeta tuviera o cultivara un arte afín, donde plasmara algunos de esos intangibles. Lo cierto es que, a pesar de la perenne apología de la palabra, y de su indiscutible dominio estético sobre ella, a veces, una nota álgida o un chorro de color expresarían de modo más cabal lo que surge de pronto de los versos.
Embellecida por la fe, mucha de esta poesía parece, no obstante, anterior a sus misterios y complicaciones, cuando las cosas eran más sencillas, y las respuestas a las altas preguntas que nos asolan como especie habitaban aún en la naturaleza. Pero, ya sabemos que, como en la propia natura, tal sencillez es solo aparente. La más mínima brizna de hierba, nos recordó Whitman, es tan reveladora como el camino recorrido por las estrellas, y la pequeña articulación de una mano humilla a cualquier máquina. Registrar, pues, lo elemental, lo humilde, asumiendo su pródiga condición de testigo, como lo hace la poesía de Mármol, es apuntar realmente hacia lo esencial, y lo ecuménico.
Poesía, además, de honda raigambre filosófica, llena de coordenadas que abrevan en referentes clásicos de universal valencia, a los que hace potables no solo en nuestro presente lingüístico, con alto vuelo lírico y estético, sino desentrañando sus significados, y resemantizándolos en nuestro entorno. ¿Para qué, por ejemplo, suspirar por el Sena o por el Hudson, si ya sabemos que en el Ozama, sangre de la ciudad hundida e irreal, cada objeto a la deriva es una historia, y un pez flota suspenso entre la imaginación y un escarceo brillante de hojas secas, allí, donde se refugia todo el miedo de la noche y toda la pobreza de unos hombres.
Leyendo Lengua de paraíso y otros poemas, y para no extender demasiado unas líneas que crecerán en el futuro, vuelvo al orgullo cierto de los dominadores de palabras, a la delectación y homenaje con que Mármol las trata, y exclamo junto a otro poeta amigo: ¡Yo te amo, Palabra, ¡eres mi carga de asombro frente al mundo!
Mármol, poeta filósofo, diría: «La palabra me funda, me destruye, me ilumina. La palabra me piensa, me abraza, me consume. (…) La palabra es mi antorcha [y] mi destino (…)».[2]
[1] José Mármol, Deus ex machina, en Lengua de paraíso y otros poemas, Editorial Santuario, 2011, p. 71.
[2] José Mármol, Cuerpo de idioma, en Lengua de paraíso y otros poemas, Editorial Santuario, 2011, p. 78.
![]()



















