Por Dra. Marcia Castillo
Foto: https://memoriasana.com/terapia-del-amor-el-alzheimer-se-roba-la-memoria-pero-no-el-corazon/
“Mi padre murió dos veces. La primera, una mañana soleada en la que el Alzheimer nubló su mente y me olvidó. La segunda, tres días antes de Navidad, cuando, convertido en el Bolero de Ravel, dejó de respirar”. Con estas palabras llenas de sensibilidad y profunda tristeza comienza “El amor te hará inmortal”, de Ramón Gener, el reconocido músico, divulgador y escritor español, quien, a medida que avanza en su libro, trepida mezclando bellos paisajes e historias con el amor como especie de bálsamo de Ferragás, que es capaz de sanar o aliviar todo frente a la inminente deconstrucción psíquica de la persona amada cuando la enfermedad embiste y uno sabe que ya no hay vuelta atrás.
El maestro Jorge Luis Borges fue un memorioso privilegiado, como su Funes, una de sus emblemáticas criaturas. Tal vez por eso, muy a menudo en sus escritos se escolla entre luces y sombras esta facultad humana que él definió tantas veces y de muchas formas; una de las que más me gusta es “El hombre es lo que recuerda”. Aquí lanza una idea: ¿Pierde el hombre su humanidad cuando pierde su memoria? Y paradójicamente se contradice en su cuento “El inmortal”.
Esta quaestio disputata frecuentemente atenaza mi frente, no como neurocientista, claro, que ya para eso se estudió bastante el caso de Phineas Cage (Esa barra de metal que cambió la personalidad del conductor de ferrocarril, convertido posteriormente en un hombre procaz, impertinente y apostador). Conocemos también las terribles psicocirugías del Dr. Edgar Moniz (lobotomía frontal que producía abulia y despersonalización total en pacientes con diversas adicciones psiquiátricas). Definidos están los circuitos, áreas funcionales, dominios cognitivos y neurotransmisores involucrados en los procesos demenciales. Antonio Damasio lo planteó de manera impoluta en su libro “El cerebro hizo hombre”. Estas cuestiones científicas y neuropsicológicas las hemos transitado a pasos agigantados en los últimos 50 años.
El filósofo Wittgenstein expresó: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi pensamiento”, y este a su vez define los patrones cognitivo-conductuales.
En la consulta son comunes frases como “su mamá ya no está ahí” o “eso no es él, es la enfermedad” ” Es solo un cuerpo” expresiones que se van perpetuando tanto en el médico como en los familiares tal vez como una forma de protección contra el desamparo, el desgaste indefectible físico y cognitivo que se va posando como un gran pájaro nocturno en la familia. No obstante, muchas veces me pregunto si esta narrativa de fondo no da pie a la cosificación de la persona afectada: “si no te veo ahí, no existes; no eres más que un cuerpo que necesita cuidado y la reciprocidad de lo que me diste (alimentación, higiene y medicación)”.
¿Realmente somos solo nuestra memoria? Si la metacognición es la capacidad del ser humano de pensar pensándose a sí mismo, el insight es la capacidad o virtud de mirar hacia dentro. Llega un momento infeliz y ominoso donde la persona no puede mirar ni hacia fuera ni hacia dentro; no obstante, hay meros chispazos de lucidez con una música, con una voz, con un toque, un día cualquiera. Hace unos años, el corto “Algo queda” aludía a estos momentos de conexión y al lazo indisoluble del recuerdo, porque tal vez ellos no nos recuerden, pero nosotros sí. Galeano lindera la palabra recuerdo con “recordis”, con recuerdo “que pasa dos veces por el corazón”. Mientras los recordemos, los honremos y les demos dignidad, “algo queda, queda el amor”. Y el amor los hará inmortales.
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